Scholê

Publicado el 1 de marzo de 2024, 15:03

La noción platónica y aristotélica de scholê como tiempo libre para hombres libres ha desaparecido completamente del idioma griego, un concepto fundamental para la filosofía occidental. Esto se debe en gran parte a que un intervalo de tiempo dedicado a la libertad necesaria para filosofar no tiene cabida en el mundo moderno, en una sociedad que se ha transformado por completo en la que nos dejamos atrapar por una trepidante vorágine de tareas, originando una tendencia a atender lo urgente y lo reciente, y olvidamos priorizar, decidir, valorar qué debemos o queremos atender, es decir, olvidarnos o incluso perdernos la capacidad de valorar qué es lo realmente importante. El mantra de la vida moderna es “podemos tenerlo todo”: trabajo, familia, lujos, un cuerpo escultural, objetivos, éxito en nuestras relaciones y tiempo libre. Queremos todo esto, todo al mismo tiempo y, además, ahora mismo. Nuestra sociedad trata continuamente de acelerar el paso y nuestra mente aún más.

 

Si alguien abre hoy un diccionario de griego moderno para buscar la palabra scholê se llevará una buena sorpresa. Descubrirá que tanto la palabra como el concepto han sido erradicados del idioma. La palabra, en el sentido en que implica ocio, se desvanece en última instancia del idioma griego. “Ocio” en griego moderno se ha representado con palabras como “relajación”, “tiempo libre”, “desocupación”, “falta de prisa”, “diversión” o “entretenimiento”, pero no hay ningún término que suponga continuidad alguna con uno de los conceptos más grandiosos de la historia del idioma griego. Ni siquiera hay un solo término en griego moderno que pueda usarse para representar los matices de esta palabra.

 

Séneca pasó algunos años de su vida en Alejandría, en algún momento de los años 20 d.C., recuperándose de una enfermedad de pulmón que lo afligía. Durante ese período fue influenciado por los filósofos egipcios en una corriente filosófica mística que estaba ganando influencia durante ese período en los círculos culturales de todo el Mediterráneo. Fue aquí, en los primeros cincuenta años del siglo I, donde Séneca desarrolló como punto de partida el concepto filosófico griego de scholê. Séneca postuló un ser divino cuya perfección daba certeza a la misión del scholê como una visión del ocio desde la posición de su convergencia en el futuro.

 

Sobresale un aspecto fascinante: normalmente buscamos las influencias griegas en los romanos, pero aquí, además de añadir las notables influencias egipcias, parece ser al revés. Podemos decir con alguna certeza que los romanos estaban edificando sobre la visión de Séneca del scholê para el servicio, por la simple razón de que scholê es, o debería ser, el medio para reformar la conducta, pues el deber al estado no es una noción que pueda ser encontrada en la filosofía griega. No hay una sola frase en Platón o Aristóteles que sugiera que el propósito final de la scholê sea un deber moral. Recordemos que cuando Platón propone que los legisladores provean amplios intervalos de tiempo libre para el cultivo moral de la ciudadanía llama a esas actividades juego, no scholê, y que Aristóteles clasificó las virtudes morales para que fueran sirvientas de la scholê. El pasado glorioso de Grecia sería un discurso, ya fuera en arte, retórica o mito, para los valores que impidieran el declive moral de Roma. Ese sendero cultural, el camino de Roma a Atenas y vuelta, fue recorrido por muchos intelectuales conocidos, como Polibio, Plutarco, Herodes Ático, entre muchos otros.


El concepto de scholê tenía como propósito el deber. En la visión de Séneca, la filosofía era descrita como la rama del árbol que da soporte a las órdenes morales, a las hojas del árbol. Como él dijo, la filosofía cura el juicio y despeja la mente para que las órdenes de acción sean eficaces. Séneca tuvo que explicar con todo lujo de detalle ejercicios que debían practicarse en la “scholeion” para tener así los dogmas preparados para la acción y mantener su compromiso con el deber. En Grecia, el salón de clases (scholeion) era un centro de ocio donde los estudiantes contemplaban las cosas superiores (lo bueno, lo verdadero y lo hermoso) con el fin de vivir una vida mejor. Se trataba de cuestionar las prioridades del mundo exterior. Hoy en día estamos demasiado ocupados consiguiendo cosas que no nos paramos a cuestionarnos nada. Epicteto enseñaba a sus alumnos:


“Frena tu deseo, no llenes tu corazón
con demasiadas cosas y
obtendrás lo que necesitas.”

 

No desees mucho. Céntrate, prioriza, entrena a tu mente para que pregunte: ¿Necesito esto? ¿Qué pasaría si no lo tengo? ¿Puedo arreglármelas sin esto? Qué importante es pararnos a menudo y preguntarnos que necesitamos realmente, preguntarnos qué es verdaderamente importante. Las respuestas a estas preguntas te ayudarán a relajarte, a prescindir de las cosas innecesarias que te mantienen ocupado, demasiado agobiado como para tener una vida tranquila y feliz.

 

El emperador Marco Aurelio, quien reconocía estar muy influenciado por las enseñanzas de Epicteto, empleaba un filtro para decidir cuáles eran sus prioridades, qué era merecedor de su tiempo en cada momento y dónde debía de invertir su energía. Ante cada cosa que pensaba o que se disponía a realizar, se preguntaba: “¿ES ESTO NECESARIO?”

 

Las respuestas a estas preguntas que nos formulan los estoicos, buscan ayudarnos a conseguir aquello imprescindible para encontrar el bienestar. Aquello que todos tratamos de alcanzar, la serenidad, la paz interior, la imperturbabilidad, que en griego denominaban Ataraxia, la cual solo podremos alcanzar con un suficiente desarrollo de una de las cuatro virtudes cardinales del estoicismo, la moderación, la templanza. Como diría Sócrates, vivamos una vida que valga la pena vivir.

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